Escribiendo los anteriores posts, tan centrados en el Guadalquivir, me llamó la atención uno de los edificios emblemáticos de Córdoba y que tan desapercibido pasa a no ser por su gran rueda, como es el molino de la Albolafia o de Kulaib.
Se trata éste de una antigua aceña, o lo que es lo mismo un molino de harina, que se encuentra en la orilla derecha del río, cerca del Puente Romano, y aunque se cree que el edificio está construido sobre uno de época romana, lo que sí sabemos es que fue Abderramán II el que modificó la arquitectura y mandó construir una gran naura o noria para que facilitara la captación de aguas desde el Guadalquivir hasta los Palacios Emirales (lo que hoy sería el Palacio Episcopal).
El conjunto molinero, sería mandado reconstruir en el siglo XII por el mandatario almorávide, Yusuf ibn Tasufin, quien se lo encargó a un tal Abú l-Áfiya (de donde viene el nombre actual de Albolafia), es como si ahora dijéramos "cucha, ese es el molino que ha hecho el Rafaé", pero en árabe. Lo que sí es cierto es que sobre el nombre hay muchas controversias, aceptándose cada vez más que provenga del nombre propio del maestro constructor.
A partir del siglo XIII ya tenemos constancias por las crónicas de la reconquista de su existencia y también de su importancia, dado que en años posteriores aparecería en los sellos de la ciudad.
Se dice que la noria fue desmantelada allá por junio de 1492, época en que se hospedaba en Córdoba la Reina Isabel la Católica, que, bien porque sufría unas fiebres inmensas, bien por su irritabilidad intrínseca, a la mujer le molestaba el chirrido de la rueda y sus cangilones y mandó pararla definitivamente (ahí, cortando por lo sano). Lo cierto es que hay algunos autores, como Félix Hernández, que hablan de que el desmantelamiento se llevó a cabo en 1485, por lo que tampoco me extrañaría que la historia de los molestos ruidos causados a Doña Isabel, se llegara a mezclar la historia con la leyenda y la leyenda con el mito.
Ya en el siglo XX, con Antonio Cruz Conde de alcalde de la ciudad, le encargará a Félix Hernández se ocupe de la rehabilitación del molino, o más bien de lo que queda de él. Éste colocó una nueva gran rueda de madera, como la que se conserva actualmente, con numerosas rehabilitaciones y restauraciones en épocas posteriores. Las continuas crecidas del río y la falta de atención del edificio, terminaron degradando tanto el inmueble como su noria, hasta el punto de encargar en los años 90 a una escuela-taller de la ciudad su limpieza y su ayuda en la consolidación, volviendo a colocar la estructura de madera e incluso cangilones de barro (actualmente desaparecidos).
Los restos que hoy son visibles pertenecen, pues, a tres momentos distintos. Los arcos que rematan el edificio y sobre los que discurre el primitivo canalillo para el transporte de agua, corresponden a la época inicial de la noria y formaban parte del acueducto que llevaba el agua al Alcázar, aunque posiblemente no sean de origen árabe, si no reconstruidos en el siglo XIV. La parte baja o sala del molino, originaria del XV, presenta un aspecto similar al que tenía en el siglo pasado, por lo que puede datar del XVIII-XIX. Y, finalmente, la actual rueda elevadora de madera que fue colocada en 1994.
Se dice que la noria fue desmantelada allá por junio de 1492, época en que se hospedaba en Córdoba la Reina Isabel la Católica, que, bien porque sufría unas fiebres inmensas, bien por su irritabilidad intrínseca, a la mujer le molestaba el chirrido de la rueda y sus cangilones y mandó pararla definitivamente (ahí, cortando por lo sano). Lo cierto es que hay algunos autores, como Félix Hernández, que hablan de que el desmantelamiento se llevó a cabo en 1485, por lo que tampoco me extrañaría que la historia de los molestos ruidos causados a Doña Isabel, se llegara a mezclar la historia con la leyenda y la leyenda con el mito.
En el siglo XVI el edificio perteneció a una orden religiosa de monjas, concretamente a la Congregación de Jesús y María. La explicación más pausible al porqué llegó el molino a propiedad eclesiástica, es por la donación de su dueño anterior para pedir misas por la paz de su alma y la expiación de sus pecados (amén) y un sitio digno donde ser enterrado. Con la desamortización de los bienes de la Iglesia, el molino pasó a manos del Estado y éste se lo devolvió a la ciudad de Córdoba (o lo que es lo mismo, a su Ayuntamiento).
Lo curioso de los escritos, es que a mediados del siglo XVII se le denominaba Batán de la Albolafia, por lo que tuvo que dejar de lado su carácter de meramente molino harinero, para utilizarlo como lugar donde se tupían los tejidos, ayudados por la noria movida por la fuerza del agua. Pero la gran transformación del edificio, tuvo lugar con ocasión de la construcción del murallón, en torno a 1850, pues se destruyó gran parte del molino quedando reducido a lo que se aprecia en las fotografías de principios de siglo.
Los restos que hoy son visibles pertenecen, pues, a tres momentos distintos. Los arcos que rematan el edificio y sobre los que discurre el primitivo canalillo para el transporte de agua, corresponden a la época inicial de la noria y formaban parte del acueducto que llevaba el agua al Alcázar, aunque posiblemente no sean de origen árabe, si no reconstruidos en el siglo XIV. La parte baja o sala del molino, originaria del XV, presenta un aspecto similar al que tenía en el siglo pasado, por lo que puede datar del XVIII-XIX. Y, finalmente, la actual rueda elevadora de madera que fue colocada en 1994.
Al iniciar este post, dije que era uno de los elementos emblemáticos de Córdoba, y he aquí su razón: sale representado en el escudo y bandera de nuestra ciudad, al igual que el río, el Puente Romano y la Mezquita (-Catedral).
Aquí tenéis un vídeo con la reconstrucción en 3D de la Noria de la Albolafia, edificio notable de la margen derecha del Guadalquivir.









