viernes, 13 de junio de 2014

DE PERDIDOS AL RÍO (I)



A raíz de un reportaje en un periódico sobre la navegabilidad del Guadalquivir a su paso por Córdoba, me dije: "y ¿por qué no escribir un post sobre ello?" Total, como siempre, en esta ciudad, parece que el Guadalquivir sólo existió en época romana y debió de convertirse en una especie de Ciénaga de los Muertos o en un elemento apestoso (que apestaba) tanto en épocas anteriores como las posteriores (donde siguió apestando a tenor de cómo se despachan, entre unos y otros, el uso y la importancia que tuvo el río en ciertos acontecimientos históricos).

Pero vamos por partes:

Se tiene constancia de que el río (como en muchos otros lugares) fue el elemento clave para el asentamiento humano desde la Prehistoria, y también tenemos constancia de que los prehistóricos serían antiguos, pero no tontos. A ellos les debemos que, al no tener tele, le dieran al coco para inventar desde el fuego, la agricultura, el arte, la pesca, la minería y, oh dios, la primitiva navegación. Ésta se plasmaba en una especie de canoas hechas a base de troncos de árbol cóncavos a manera de artesas o cajones invertidos (imaginaos a los prehistóricos de los Autos Locos o a los Picapiedra, pero en vez de ruedas toscas o los pinreles para coger impulso, un elemento estanco a la par que estable para poder hacerlo flotar sobre las aguas fluviales).





















Y así llegamos a Roma, que viene buscando recursos agrícolas y mineros al rico Valle del Guadalquivir, asistiendo a los primeros portus o puertos fluviales donde se embarcaba la materia prima. Los grandes barcos llegarían a Hispalis (Sevilla) mientras que barcazas de calado menor remontarían el río hasta Corduba, e incluso hasta Jaén, siendo la primavera la estación preferida por ser la más estable en la navegación por el Guadalquivir. También sabemos por prospecciones y por fuentes escritas (ya lo menciona el artículo), que el portus de Corduba estaría situado en las inmediaciones del Alcázar, pero encontramos otros puntos donde también tendrían sus propios portus, como son los alfares donde se fabrican las ánforas para almacenar el aceite (la famosa Dressel 20) y que tan bien atestigua los restos del Monte Testaccio (ese gran basurero de envases oleicos) en Roma.




















(Dcha: Ánfora dressel 20. Izq: Restos Monte Testaccio)


Uno de los portus más conocidos y que se puede visitar actualmente lo encontramos en la antigua Carbula, o para que nos entendamos, Almodóvar del Río, donde existía toda una concentración de dichos alfares que surtía a Roma de uno de sus bienes más preciados: el aceite, así como la plata de Sierra Morena a cambio de todo un elenco de productos manufacturados que llegaban de la capital del Imperio.


(Portus de Carbula. Almodóvar del Río)

Aunque parece que hay una afluencia menor (o eso nos quieren vender), lo que sí es cierto es que en las etapas islámicas siguió teniendo importancia el río. En los primeros momentos, durante época emiral (siglos VIII-IX), se tiene constancia de la presencia de maestros de ribera, que vivían en la margen izquierda del Guadalquivir ya que, por entonces, el tráfico naval también sería internacional, sobre todo en pleno Califato (ss. X-XI).

En estas etapas islámicas, cabe destacar además, la proliferación de almunias o casas de campo que a veces llegaron a ser verdaderos palacios y que tenían una doble función: la explotación agropecuaria y el recreo. En ellas se han llegado a atestiguar el uso del agua para fines meramente recreativos, desde estanques, canales decorativos y zonas de posible embarque al río, como en la excavación que se realizó cerca de las pistas del aeropuerto, donde se documentó una estructura aterrazada que descendía al cauce original del río y que apareció cubierta de limos debido, seguramente, a una riada similar a la que hubo en 2010 (pero en el siglo XI y posteriores) y que anegó la zona de la vega. Esta almunia tenía además una particularidad: estaba situada justo enfrente de Madinat al-Zahra, centro político, económico y administrativo del Califato cordobés, lo que no es de extrañar pensar que también, esta almunia, podía hacer las veces de embajada y recepción de la nueva ciudad palatina de Abd Al-Rahman III, con toda la opulencia que esto pueda significar.

En los anales del propio Abd Al-Rahman III menciona varias ocasiones la navegabilidad y el buen uso que hacían de la navegación fluvial en época califal, tanto para cuestiones de transporte de materiales como la madera para la construcción de nuevos edificios:

"Era éste [al-Qalafat] muy considerado por an-Nasir, que le confiaba asuntos importantes y lo mandó a Ahmad b[en] Muhammad b[en] Adhá a Jaén para hacer que acelerase el envío de madera que para sus edificios se cortaba (…), aprovechando la crecida del río para hacerla bajar..." 

Como por cuestiones bélicas, en un momento en que los vikingos arrasaban la Península, como en Sevilla (sí, arrasaron Sevilla. Dos veces), y por el temor de las incursiones internas a través del río se reforzaron las defensas:

"El miércoles, quedando 12 días de rayab (21 mayo 938), se pusieron en movimiento río abajo las naves construidas en la orilla cordobesa, hacia el mar de occidente, para combatir a la población, sublevada con el rebelde enemigo".

(Apuntar que esta cita es muy posterior a la invasión sevillana. Esta ayuda para combatir contra la población normanda por parte del califa, fue dada a la zona del Duero. Abd Al-Rahman II fue el que mandó a todo un ejército socorrer los saqueos llevados en Sevilla en la Batalla de Tablada).




Con la llegada de los cristianos, aun decayéndose la actividad fluvial, sabemos que ésta duró hasta el reinado de Enirque III, que embarcó desde Córdoba hacia Sevilla en 1402. En esta época, las relaciones comerciales entre Sevilla y Córdoba se hacían por el Guadalquivir, hasta el punto que los barqueros se quejaron al rey D. Pedro en 1360, porque los dueños de los molinos habían construido azudes o barreras para permitir que subiera el nivel del agua para el riego de las acequias y esto impedía el paso de los barcos.

Este monarca pidió que se dejase el paso de los buques, mandando al alcalde de Córdoba que fijase el espacio que tenía que existir para que éstas pasaran. El alcalde dio como regla para este espacio la anchura del arco de la Catedral, llamado Arco de las Bendiciones, que tenía una longitud de 28 pies y se determinó que la profundidad fuese de 6 pies. Este arco corresponde con la denominada ahora Puerta de las Palmas, y que antiguamente se llamaba de las bendiciones por el perdón que se concedía cuando se coronaba un nuevo rey (así que ya sabéis donde acudir a que os perdonen cuando coronen a Felipe VI).


(Puerta de las Palmas. Mezquita-Catedral de Córdoba)


La actividad fluvial se interrumpe casi por completo a raíz de las luchas de la Reconquista en la toma de Granada, por el temor a que los árabes usaran esta vía para hacer incursiones y saquear el interior. Ni siquiera con la toma de la ciudad en 1492, la actividad fluvial se restableció. Pero en 1528 se volvió a pensar en un proyecto a gran escala para devolver la navegación a Córdoba. Pero eso es otra historia, para el próximo blog...

(Continuará...)

martes, 10 de junio de 2014

LA CIUDAD Y EL RÍO. GRANDES PANORÁMICAS (II)

Retomando el post anterior, vemos que en Córdoba existía una actividad económica tan excelsa y convulsa que hace que la ciudad se articule y extienda hacia la ribera, no sólo por la importancia de la pesca (de la cual queda constancia en la lámina de barcazas y embarcaderos), si no también por la de los curtidos.



Pero, dejando el río, la verdadera importancia de la naturaleza de la obra de Wyngaerde es el reflejo de la trama urbana y de la muralla. Si nos fijamos en ésta, vemos que aparece mejor conservada en el sector occidental, ya que en su parte oriental empezarán en esta época a adosarse viviendas a su lienzo. La estructura urbana parece que se va configurando, posterior a la conquista cristiana, en ese urbanismo de adhesión de las nuevas edificaciones a la estructura muraria. Como describe Puchol Caballero, en sí "las murallas de la Medina estuvieron exentas hasta el siglo XIV (...). Lo mismo ocurría en el sector oriental en el que, junto a la elevada muralla divisoria entre la ciudad alta y la baja, se extendía un foso y un amplio terreno sin edificar hasta el siglo XIII, a partir del cual se adosan casas a la muralla, abriéndose calles que van desde la Cruz del Rastro hasta la Puerta del Rincón y que se conocen con los nombres de La Feria y Alfaros, respectivamente".

Este deterioro en el flanco oriental de la muralla lo podemos observar en el barrio de San Nicolás de la Ajerquía, viendo los restos de la muralla entre lo que son escombros y nuevas edificaciones.


Entre los restos de la muralla en este sector oriental se puede observar una serie de torres que la flanqueaban, como fueron la Torre de los Argotes, la de las Siete Menas (se aprecian los merlones tras el molino de Martos (13), la Torre de las Siete Esquinas (ya en Campo Madre de Dios), la Torre Cuadrada (una torre albarrana que se unía a la muralla a través de de arcos (12). Se puede apreciar también otra torre cuadrada a la altura del Campo de San Antón, que fue derribada en el XVIII, y la Torre de los Donceles en la Puerta de Andújar, en la Magdalena.



Ya en la zona occidental se puede ver como una doble cerca rodea los Alcázares Reales, también llamados de la Villa, donde la muralla tiene un mejor estado de conservación y aparece reforzada por torres cuadradas y albarranas que ejercían la función de vigía y que aún hoy podemos observar algunos restos en el paseo ajardinado que mira al río.


Como podemos ver, tiene mucha importancia el legado iconográfico de los primitivos Alcázares Reales, legado de Alfonso XI, que también sirvió como recinto carcelario. En el siglo XIX se destruirá una parte de ellos para la realización de la prolongación de la Ribera.

Al lado de la Mezquita se observa el primitivo Alcázar Califal, sobre el que se eleva el palacio del obispo del siglo XV y que desaparecería tras un incendio en el XVIII. Aún hoy se pueden observar las ventanas de tipo ojival en la fachada que da al Campo Santo de los Mártires.



La Mezquita aparece rodeada por su muro y sus contrafuertes, coronados por merlones escalonados (también llamados de tipo cordobés). En su centro se eleva el crucero de la Catedral cristiana, que en estos momentos está en obras bajo Hernán Ruiz el Joven y que gracias a este estado en obras, el artista pudo plasmar parte del alminar de Abderramán III, rematado por el chapitel del primitivo campanario cristiano.



Para no entrar en polémicas y para terminar, me gustaría dejaros otros edificios que aparecen reflejados en la obra de Van der Wyngaerde:

  •  La Ermita del antiguo hospital de San Sebastián (D), al lado del Palacio Episcopal (B)



  • Convento de Santa María de la Victoria (20), que fundara San Fernando con el nombre de Santa María de las Huertas y que fue demolido a finales del XIX.


  • En la Sierra nos sitúa los conventos de San Jerónimo (I)

Y Santo Domingo


  • San Nicolás de la Villa

  • Convento de Santa Clara, que se eleva sobre el perfil urbano

  • Antigua Iglesia de Santo Domingo, actual Archivo Histórico Provincial

  • Convento Dominico de San Pablo (Q), la torre de la Iglesia de Santa Marina (P) y el antiguo monasterio de San Pedro el Real, actual Iglesia de San Francisco (R)

  • San Agustín (S) y el antiguo hospital de La Consolación (T)

  • San Lorenzo (5), San Pedro (3) y las Recogidas (antiguo convento de Santa Inés (6)


  • Santiago (9), la Magdalena (4) y el Convento de Santa Cruz (8)


  • Ya en el extremo más oriental, el Convento de los Mártires, donde reposaron en un principio los restos del cronista cordobés Ambrosio de Morales.




En resumen, que todo este compendio de garabatos (con todos mis respetos) de Anton Van der Wyngaerde nos sirve para vislumbrar una orografía urbana y sobre todo arquitectónica muy compacta entre la que van a destacar las nuevas casas-palacio renacentistas y que son el reflejo de la actividad económica e industrial del momento, así como todo su esplendor.

BIBLIOGRAFÍA:

COSANO MOYANO, FRANCISCO: Iconografía de Córdoba (siglos XIII-XIX). Córdoba (1999), pp: 38-45.

LÓPEZ ONTIVEROS, ANTONIO: Evolución urbana de Córdoba y de los pueblos campiñeses. Córdoba, 1981, p.99

PUCHOL CABALLERO, MARIA DOLORES: Urbanismo del Renacimiento en la ciudad de Córdoba. Córdoba (1992), p.175






viernes, 6 de junio de 2014

LA CIUDAD Y EL RÍO. GRANDES PANORÁMICAS (I)

Lo bueno de hacer mudanzas y desempolvar viejos libros, es que te encuentras con algunos que hablan sobre curiosidades de la ciudad de Córdoba, y que tan bien viene para ampliar el blog de nuestra Herencia Cultural Cordobesa.

Pues bien, en uno de ellos se habla de Anton Van de Wyngaerde (también conocido como Antonio de las Viñas o Antonio de Burselas, mucho más fácil de recordar, dónde va a parar) y de uno de sus dibujos a plumilla donde dejó reflejado el perfil de la ciudad de Córdoba. Se trata de una panorámica y lo verdaderamente (acojonante) increíble, no es sólo que sea la primera panorámica de la que se tenga constancia, si no que aparecen numerosos elementos arquitectónicos, muchos de ellos desaparecidos o en su estado primitivo.







Es curioso que en las fechas en las que se dibuja a Córdoba, en torno a 1567, se puede apreciar el urbanismo y la topografía claramente islámica de la que es heredera la ciudad, pero también un incipiente Renacimiento en lo que serían las casas-palacio señoriales, típicas de la nobleza o de la burguesía de la ciudad, pudiendo observar en el dibujo unas construcciones con galería-mirador enmarcada en arcadas en su planta alta.



En este tipo de panorámicas siempre van a aparecer los mismos elementos: el puente, el río, la iglesia mayor, los alcázares o las murallas que protegen y separan los arrabales del resto de la ciudad, como clara muestra de ese urbanismo heredado de época islámica. López Ontiveros, por ejemplo, dijo de nuestra ciudad: "La Córdoba de los siglos XIII al XX  y la actual Córdoba antigua (...) ha heredado de la musulmana su trazado callejero, su fisonomía y su esencial estructura".

Lo que hizo Anton Van den... Antonio de las Viñas, es ofrecernos una visión monumental de la ciudad, sin dejar de reflejar la trama urbana, porque el artista es fundamentalmente un topógrafo y naturalista, y como tal está acostumbrado a dibujar los paisajes urbanos.

Sabemos que esta lámina fue un encargo por parte de Felipe II, entre otras muchas para recabar con todo un elenco de litografías de otras ciudades españolas, para decorar los muros interiores del Palacio del Pardo. En ella podemos observar la excepcional panorámica que dibujó de la Campiña, a la altura del Campo de la Verdad, tras las que se deja ver todo el tramado urbano, con un gran edificio en el centro y a donde se dirige nuestra vista: la gran Mezquita Aljama.

La ciudad que pinta en 1567 es una urbe con una gran población y a la que hay una intensa actividad económica basada en la labor de los paños, sedas, cueros, curtidos, etc., que le dan un importante dinamismo económico, además de distribuir a toda la población en diferentes barrios o collaciones dentro del perímetro urbano y que son las que aparecen en el primer término del dibujo, junto al río, que asume así también una vértebra económica de las actividades artesanales que se llevarían a cabo.

Bueno, pues como hemos dicho anteriormente, en primer término aparece el Campo de la Verdad, a extramuros, introduciéndonos una perspectiva urbana formada por caseríos y gentes realizando labores agrícolas.



En el centro de la panorámica podemos observar un gran edificio, que un autor posterior lo describe como Ubi Carnes Veduntur (donde la carne es vendida) y parece estar situado en el actual Colegio Rey Heredia. En el lado derecho y saliéndose ya de la estampa, podemos observar la Iglesia del Espíritu Santo, que en esos momentos no era parroquia.




La Calahorra aparece inconclusa, bien porque estaba en ruinas en esos años o bien porque el artista se tomó esa licencia pictórica para poder hacer ver al fondo la noria de la Albolafia.



También aparecen un grupo de personas jugando a la petanca, mientras que caballeros y labriegos van camino al puente, tan importante para la historia de la ciudad.



En el puente podemos observar cómo en el pretil del mismo estarían ubicados unos salientes a modo de mirador, que se eliminaron en torno a 1789. Hacia la mitad del recorrido encontramos el humilladero de los mártires San Acisclo y Santa Victoria, pero no la estatua del Custodio San Rafael, puesto que ésta no se colocó hasta 1651.


El puente, de origen romano pero reedificado en época de Hisam I, nos llevará a la entrada de la ciudad por la Puerta del Puente, que antiguamente se denominaba de La Estatua, por haber una colocada en ese lugar. Si observamos la Puerta del Puente, podemos observar la importancia iconográfica del mismo, ya que tiene un estilo totalmente islámico, coronada de almenas y con arco de entrada.



En los laterales de los lienzos de la puerta, se situaban los dos accesos que daban paso, al oeste, a la Albolafia, donde la podemos ver en plena plenitud arquitectónica, sin las mutiliaciones que sufrirá a partir del siglo XIX. Su función primitiva era la de subir el agua desde el río hasta los Alcázares, pero la reina Isabel la Católica, mandó inutilizar su rueda porque le molestaba el chirrido que producía (ya apuntaba maneras con su animadversión hacia el agua). 


Y ya que hablamos de agua, no podemos dejar de lado el elemento que da sentido a la ciudad: el río, ya que se trata de la arteria vital para el desarrollo económico de la ciudad. En él podemos observar los molinos harineros que serían reconvertidos más tarde en batanes (no menos de once) y que serían propiedad del Cabildo Eclesiástico (ay, que la lío parda) o estaba en manos de la nobleza y que eran arrendados para cedérselo a mercaderes y artesanos. 




(Continuará...)