miércoles, 24 de septiembre de 2014

AHÍ ESTÁ VIENDO PASAR EL TIEMPO... LA PUERTA DEL PUENTE

El otro día oí hablar a unos muchachos sobre quedar en el Arco del Triunfo, al lado del río y me hizo gracia porque un elemento que no se diseñó jamás para tal función, hoy día es motivo de controversia e, indistintamente, se le llama Puerta del Puente o Arco del Triunfo. Básicamente yo prefiero la primera denominación, porque aunque parezca lo segundo, os aseguro que siempre ha sido una puerta, incluso antes de su proyección en el siglo XVI, fue una puerta.

No sólo en la Edad Media se diseñaron puertas de acceso a la ciudad, ya había accesos en las murallas de época romana, pero sí que las puertas medievales y las de época moderna, van a transformar su uso exclusivo de vano de acceso por uno un poco más administrativo y fiscal, ya que aparecen los impuestos llamados pontazgos (por cruzar puentes) y los portazgos que, no son otra cosa que un tributo que hay que abonar por cruzar la puerta de entrada a la ciudad.

Como su nombre indica, la Puerta del Puente se llama así por estar junto al Puente Mayor de Córdoba (lógico, ¿no?) y por ella pasaban todos los viajeros que, desde el sur, accedían a la ciudad. De época islámica nos llega algún que otro nombre por la que se la conocía, como por ejemplo Bab-alcántara, que viene a significar exactamente lo mismo que su denominación actual: puerta del puente.


Vista del aspecto original de la Puerta del Puente. Wyngaerde 1567


La actual puerta se erigió en el siglo XVI, cambiando totalmente el aspecto que tenía anterior a esta fecha y que podemos observar en el grabado de Wyngaerde de 1567. Pues bien, ésta, se mandó construir durante el reinado de Felipe II con motivo de su visita a la ciudad y la construcción la dirigió Hernán Ruiz III desde 1571 a 1576 (eso es tener visión de la agenda del monarca, y eso que no existía el ABC para dar bombo a una visita real).


Reconstrucción en 3D. Entrete-Nido

Artísticamente está flanqueada por dos pares de columnas de orden toscano sobre las que discurren un entablamento que alternan triglifos y metopas, y un dintel sobre el que se puede leer la inscripción HIZO ESTA OBRA AÑO DE 1575 SIEDO CORR EL LCDº ALºGO. D. ARTIAGA, y también se lee ésta otra: REINANDO LA SACRA CATÓLICA REAL MA/GESTAD DEL REY DON PHELIPE NUESTRO/ SEÑOR SEGUNDO DE ESTE NOMBRE (Inscripción digna de George R. R, Martin). La puerta está coronada por un frontón semicircular inacabado con dos figuras que portan las armas y el escudo de Felipe II.


Inscripción Puerta del Puente. Fotografía de Artencórdoba.com

En el espacio existente entre las columnas se pueden ver dos relieves, uno que representa a Judith mostrando la cabeza de Holofernes al pueblo de Israel, y otro de una mujer junto a un niño desnudo.


Relieve de Judith con cabeza de Holofernes. Fotografía de Artencórdoba.com


Es curioso observar el grabado que hizo David Roberts en el siglo XIX, pues aparece la Capilla de los Ahogados en primer término (parece que lo de bañarse imprudentemente en el Guadalquivir viene de largo) y al fondo se levanta una espadaña de una ermita que bien podría tratarse de Nuestra Señora del Amparo, y que desapareció tras las obras en la Ribera al trazar el Murallón.


Grabado de David Roberts (1836)


Ya el deterioro de la puerta era tangible viendo los grabados del siglo XIX, y le debemos a un erudito local, Ramírez de las Casas Deza, que no la demolieran los políticos de la época ante la ampliación urbanística llevada a cabo en esta parte de la ciudad, ya que mantener elementos arquitectónicos antiguos, para ellos, entorpecían el avance del progreso (qué bien se lo hubieran pasado proyectando las obras del AVE).

Hoy, es verdad, tiene un aspecto de arco triunfal, debido al aislamiento en que se ha dejado a tan insigne monumento y también debido a que, las remodelaciones de los últimos años del Paseo de la Ribera y del propio Puente, la han dejado hundida bajo el nivel del actual pavimento, produciéndose un efecto de achatamiento de la misma. Pero seguimos insistiendo, que aunque arco parezca, arco no es, es una puerta.


sábado, 6 de septiembre de 2014

DE LA CECA A LA MECA. LA FABRICACIÓN DE MONEDAS EN ÉPOCA ISLÁMICA

El otro día paseando por la ciudad, me crucé con un hombre peculiar que en otrora fue vecino mío. Este hombre, llamado Rafael Frochoso es uno de los mayores entendidos en numismática islámica y su epigrafía junto, a mi parecer, Alberto Canto, profesor mío de la Universidad Autónoma de Madrid. Este encuentro en la distancia me hizo pensar en escribir un poco en este blog sobre la fábrica de moneda en época andalusí cordobesa y en sus dos cecas (fábricas de moneda) más importantes: la de Al-Andalus, que se ubica en la capital omeya y en la de Medina Azahra, con origen en la ciudad palatina.

Es impresionante la admiración por parte de los investigadores hacia las monedas acuñadas por los Omeyas, ya que se puede percibir cómo se han tipificado más de varios de miles de variedades tanto de la época emiral (siglos VIII-X) como de la califal. Sabemos que con la llegada de Abderramán III, se sustituye la ceca de Al-Andalus por la de Medina Azahara hasta que Al-Hakem II la vuelve a cambiar por la primera hasta finales del califato.

Con la fitna o guerra civil (a partir del s.XI) se formaron dos grupos rivales que lucharon entre sí hasta la destrucción del califato, con lo que el estudio numismático sólo llega hasta la destitución de Hisam II previa a las pugnas por el poder andalusí (es entendible que entre mandoble y sablazo, no les quedara mucho tiempo para ponerse a hacer moneditas).

Pero empecemos por el principio. Es a partir del año 933 d.C.(*) cuando se empiezan a establecer una serie de reglas que nos permiten deducir y agrupar las monedas según sus inscripciones y sus adornos sin a penas margen de error y pudiendo englobarlas en las dos consiguientes cecas.

La Ceca de Al-Andalus

Según un geógrafo de la época (Ibn al-Faqih) situaba la ceca en tiempos de Abderramán II cerca de la Mezquita aljama o mezquita principal (qué alivio no ponerle el guión de catedral) y no lejos de la puerta de Sevilla, que era la que aseguraba la comunicación con la parte occidental de la ciudad, por lo tanto también cercana al alcázar o residencia y centro administrativo del emir. En esta ceca, nos dicen los escribientes de la época, se estuvo trabajando hasta el 947, año en que fue trasladada a Medina Azahara, dejando de emitirse moneda con el nombre de Al-Andalus hasta que Al-Hakem, por recomendaciones médicas, vuelve a residir en la ciudad o medina original, lo que vuelve a restaurarse esta ceca desde el 975 hasta el final del califato.

La controversia que existe con la ceca de Al-Andalus es si fue una ceca exclusiva de Córdoba, es decir, si sólo y exclusivamente se fabricaba aquí. La conclusión a la que llegan los investigadores por el estudio de la proporción y calidad de metales en las monedas y por restos arqueológicos encontrados en otros lugares es que no. Se han podido establecer diferentes tipos de acuñaciones que irían desde el N. de África hasta Murcia (sí, sí: MURCIA) durante el período emiral.

Puerta Sevilla en la actualidad



La Ceca de Medina Azahara

La ciudad de Medina Azahara se mandó construir por orden de Abderramán III el 19 de noviembre del 936 y con ella, y sin entrar en la controversia de la leyenda y la realidad del nombre de la ciudad palacio, se trasladó la fábrica de moneda. Hubo momentos dentro del califato en que no había a penas diferencias en las monedas, con cuños repetitivos desde Abderramán III. Pero, la recomendación sanitaria de que Al-Hakem II volviera a la medina de Córdoba, se plasmó en, que ya que cambiaban de ceca, también cambiaron de motivos decorativos, siendo éstos unos motivos florales que se identifica con el mayor momento de esplendor califal.

Vista aérea de Medina Azahara (claramente no en verano)


Durante el Califato (siglos X-XI) las amonedaciones consistieron en dinares (de oro) y dirhams (de plata) siendo éstos últimos los más abundantes, y rebajaron el número de feluses (que serían de bronce). Esta reducción de monedas de menor valor metálico, es lo que justifica la cantidad de fracciones de dirhams de plata, apareciendo en numerosos "tesorillos" estas monedas que les faltan trozos, quizá para hacer frente a pequeñas compras.

Dinares


La plata procedía sobre todo de las reutilizaciones, pero también de las minas de Hornachuelos y de algunos yacimientos de Sevilla y Granada. Por otro lado, el oro, fue un metal escaso y se recogía en las arenas de los ríos Segre, Tajo y Darro o se importaba directamente del N de África.

Dirham Abderramán III


Aquí acaba un resumen bastante conciso de lo que supuso la fabricación de moneda por parte de dos modelos de estado distinto (emirato y califato) y su reflejo en el flujo monetario. En entradas posteriores pondré algún ejemplo de monedas concretas y a qué momento específico de la historia cordobesa pertenece.

Éste es mi pequeño homenaje a ese vecino y amante entregado a la epigrafía islámica y a mi profesor de la universidad que tan dispuesto ha estado siempre a ayudarme a fechar monedas de mis propias excavaciones.



(*)El calendario musulmán es lunar, mientras que el gregoriano es solar. Cada año árabe tiene unos 15 días menos que el gregoriano y no empieza en un día fijo. Pueden haber diferencias por tanto entre el año real de fabricación y el deducido traduciendo la fecha si no se conoce el día y mes.

jueves, 21 de agosto de 2014

MOLINO QUE NO MUELE, ALGO LE DUELE. EL MOLINO DE LA ALBOLAFIA

Escribiendo los anteriores posts, tan centrados en el Guadalquivir, me llamó la atención uno de los edificios emblemáticos de Córdoba y que tan desapercibido pasa a no ser por su gran rueda, como es el molino de la Albolafia o de Kulaib.




Se trata éste de una antigua aceña, o lo que es lo mismo un molino de harina, que se encuentra en la orilla derecha del río, cerca del Puente Romano, y aunque se cree que el edificio está construido sobre uno de época romana, lo que sí sabemos es que fue Abderramán II el que modificó la arquitectura y mandó construir una gran naura o noria para que facilitara la captación de aguas desde el Guadalquivir hasta los Palacios Emirales (lo que hoy sería el Palacio Episcopal).

El conjunto molinero, sería mandado reconstruir en el siglo XII por el mandatario almorávide, Yusuf ibn Tasufin, quien se lo encargó a un tal Abú l-Áfiya (de donde viene el nombre actual de Albolafia), es como si ahora dijéramos "cucha, ese es el molino que ha hecho el Rafaé", pero en árabe. Lo que sí es cierto es que sobre el nombre hay muchas controversias, aceptándose cada vez más que provenga del nombre propio del maestro constructor.



A partir del siglo XIII ya tenemos constancias por las crónicas de la reconquista de su existencia y también de su importancia, dado que en años posteriores aparecería en los sellos de la ciudad.

Se dice que la noria fue desmantelada allá por junio de 1492, época en que se hospedaba en Córdoba la Reina Isabel la Católica, que, bien porque sufría unas fiebres inmensas, bien por su irritabilidad intrínseca, a la mujer le molestaba el chirrido de la rueda y sus cangilones y mandó pararla definitivamente (ahí, cortando por lo sano). Lo cierto es que hay algunos autores, como Félix Hernández, que hablan de que el desmantelamiento se llevó a cabo en 1485, por lo que tampoco me extrañaría que la historia de los molestos ruidos causados a Doña Isabel, se llegara a mezclar la historia con la leyenda y la leyenda con el mito.


En el siglo XVI el edificio perteneció a una orden religiosa de monjas, concretamente a la Congregación de Jesús y María. La explicación más pausible al porqué llegó el molino a propiedad eclesiástica, es por la donación de su dueño anterior para pedir misas por la paz de su alma y la expiación de sus pecados (amén) y un sitio digno donde ser enterrado. Con la desamortización de los bienes de la Iglesia, el molino pasó a manos del Estado y éste se lo devolvió a la ciudad de Córdoba (o lo que es lo mismo, a su Ayuntamiento).

Lo curioso de los escritos, es que a mediados del siglo XVII se le denominaba Batán de la Albolafia, por lo que tuvo que dejar de lado su carácter de meramente molino harinero, para utilizarlo como lugar donde se tupían los tejidos, ayudados por la noria movida por la fuerza del agua. Pero la gran transformación del edificio, tuvo lugar con ocasión de la construcción del murallón, en torno a 1850, pues se destruyó gran parte del molino quedando reducido a lo que se aprecia en las fotografías de principios de siglo.



Ya en el siglo XX, con Antonio Cruz Conde de alcalde de la ciudad, le encargará a Félix Hernández se ocupe de la rehabilitación del molino, o más bien de lo que queda de él. Éste colocó una nueva gran rueda de madera, como la que se conserva actualmente, con numerosas rehabilitaciones y restauraciones en épocas posteriores. Las continuas crecidas del río y la falta de atención del edificio, terminaron degradando tanto el inmueble como su noria, hasta el punto de encargar en los años 90 a una escuela-taller de la ciudad su limpieza y su ayuda en la consolidación, volviendo a colocar la estructura de madera e incluso cangilones de barro (actualmente desaparecidos).

Los restos que hoy son visibles pertenecen, pues, a tres momentos distintos. Los arcos que rematan el edificio y sobre los que discurre el primitivo canalillo para el transporte de agua, corresponden a la época inicial de la noria y formaban parte del acueducto que llevaba el agua al Alcázar, aunque posiblemente no sean de origen árabe, si no reconstruidos en el siglo XIV. La parte baja o sala del molino, originaria del XV, presenta un aspecto similar al que tenía en el siglo pasado, por lo que puede datar del XVIII-XIX. Y, finalmente, la actual rueda elevadora de madera que fue colocada en 1994.




Al iniciar este post, dije que era uno de los elementos emblemáticos de Córdoba, y he aquí su razón: sale representado en el escudo y bandera de nuestra ciudad, al igual que el río, el Puente Romano y la Mezquita (-Catedral).


Aquí tenéis un vídeo con la reconstrucción en 3D de la Noria de la Albolafia, edificio notable de la margen derecha del Guadalquivir.




martes, 5 de agosto de 2014

DE PERDIDOS AL RÍO (II)

Dejábamos el anterior post abierto a lo que ocurrió en la historia de la navegabilidad del Guadalquivir en 1528, cuando apuntábamos que hubo un interés especial por parte del famoso cordobés Hernán Pérez de Oliva en retomar los proyectos de navegabilidad para favorecer la prosperidad de Andalucía. Parece ser que Felipe II no puso objeción alguna a la nueva empresa, siempre y cuando se acabaran antes otros más urgentes que tenía en mente. Las próximas noticias que tenemos sobre el empeño en hacer del Guadalquivir un río navegable a su paso por Córdoba, las encontramos a mediados del XVII, por lo que efectivamente, había proyectos muchísimo más importantes con el reinado de Felipe, el segundo de su nombre.

Fue en este siglo XVII, con el Rey D. Pedro, cuando se pidió que regresaran las barcazas al paisaje fluvial cordobés, llegando a promoverse algunos de estos propósitos en 1628, durante el mandato del Conde Duque de Olivares como ministro, nombrando éste como capataz de las obras a D. Gaspar de Bonifaz, cordobés y hombre de bien, que incluso llegó a superar los ensayos después de no tantas dificultades, pero que tampoco pasó de su fase inicial (parece ser que el Conde-Duque sí que tenía problemillas más importantes que atender, allá por los Países Bajos).



Con Carlos IV nos encontramos que se llegaron, no sólo a construir barcas para la navegabilidad, sino que marchaban desde Jaén, aguas abajo hasta la ciudad de Córdoba. Pero, adivinad: tampoco pasó de meros intentos, y tiene narices (con perdón) que fuesen los franceses los únicos que consiguieron durante la contienda napoléonica, los que restablecieron el comercio interior vía Guadalquivir, respetando los azudes. 


El hecho de que no hiciesen obras de mayor envergadura para solventar el problema de los azudes de los molinos, hizo que otra vez cayese en saco roto los proyectos de navegabilidad en épocas posteriores a su marcha, pero llegaron a utilizar unas barcas tan planas, que con una carga proporcionada no penetraban demasiado en calado y que condujeron hasta Sevilla trigo y otras materias. Incluso las barcas que sirvieron para el bloqueo del Trocadero en Cádiz (1811), estaban fabricadas en Córdoba, habiendo llegado hasta allí río abajo. Incluso en 1813 llegó a nombrarse un comisionado especial que se ocupase de los proyectos fluviales del Guadalquivir, pero idos los franceses, cesó la navegación, desaprovechándose el ejemplo recibido de nuestros ilustres invasores.

Hasta mediados del siglo XIX no se reanudaron los intentos del encauzamiento del río, en gran parte por el empeño del alcalde, el Duque de Hornachuelos, finalizándose el primer tramo "de los buscados" y creándose el Paseo de la Ribera, muy famoso en la segunda mitad como lugar de esparcimiento de los cordobeses (costumbre que seguimos honrando, en estas fechas, hoy en día, sobre todo de noche).


Las últimas noticias, las tenemos que buscar a finales del XIX, en torno a 1847, donde el ingeniero D. José García Otero presentó un informe para un proyecto, que el ministro de Isabel II, Pastor y Díaz, sacó a "concurso" para las obras de canalización del tramo de Alcalá del Río-Alameda del Obispo presupuestado en torno a 16 millones de reales, pero que tampoco llegó a buen puerto (empiezo a pensar que esta expresión viene de los intentos tan convulsos de hacer de Córdoba una ciudad portuaria y navegable).

El siglo XX se estrenó con un nuevo proyecto, muy elaborado, presentado en 1919 por el ingeniero de Caminos Carlos Mendoza. Incluía tanto la canalización como el aprovechamiento energético. Mendoza se comprometía a tener realizadas las obras en el plazo de diez años desde la fecha de su aprobación. Para ello, además, había creado en 1904 la empresa "Canalización y Fuerzas del Guadalquivir" (absorbida más e tarde por “Mengemor"). 

El proyecto contemplaba la construcción de un total de 11 presas escalonadas, a lo largo de los casi 140 km del curso, de manera que se garantizara siempre un calado mínimo de 2 metros, y que cada esclusa sólo tuviera que compensar desniveles de 12 metros, como máximo. La financiación era mixta: de un lado, el Estado debería hacer frente a las infraestructuras (estimadas en 25 millones de pesetas), que quedaban de su propiedad, y las expropiaciones. De la otra parte, la empresa privada asumiría el resto de inversiones y gastos de establecimiento.


A pesar del entusiasmo con que muchos recibieron el proyecto (empezando por Alfonso XIII), sólo se realizó una fase inicial, de la que han quedado, como testimonio, algunas presas como las de Posadas y Palma del Río. 




viernes, 13 de junio de 2014

DE PERDIDOS AL RÍO (I)



A raíz de un reportaje en un periódico sobre la navegabilidad del Guadalquivir a su paso por Córdoba, me dije: "y ¿por qué no escribir un post sobre ello?" Total, como siempre, en esta ciudad, parece que el Guadalquivir sólo existió en época romana y debió de convertirse en una especie de Ciénaga de los Muertos o en un elemento apestoso (que apestaba) tanto en épocas anteriores como las posteriores (donde siguió apestando a tenor de cómo se despachan, entre unos y otros, el uso y la importancia que tuvo el río en ciertos acontecimientos históricos).

Pero vamos por partes:

Se tiene constancia de que el río (como en muchos otros lugares) fue el elemento clave para el asentamiento humano desde la Prehistoria, y también tenemos constancia de que los prehistóricos serían antiguos, pero no tontos. A ellos les debemos que, al no tener tele, le dieran al coco para inventar desde el fuego, la agricultura, el arte, la pesca, la minería y, oh dios, la primitiva navegación. Ésta se plasmaba en una especie de canoas hechas a base de troncos de árbol cóncavos a manera de artesas o cajones invertidos (imaginaos a los prehistóricos de los Autos Locos o a los Picapiedra, pero en vez de ruedas toscas o los pinreles para coger impulso, un elemento estanco a la par que estable para poder hacerlo flotar sobre las aguas fluviales).





















Y así llegamos a Roma, que viene buscando recursos agrícolas y mineros al rico Valle del Guadalquivir, asistiendo a los primeros portus o puertos fluviales donde se embarcaba la materia prima. Los grandes barcos llegarían a Hispalis (Sevilla) mientras que barcazas de calado menor remontarían el río hasta Corduba, e incluso hasta Jaén, siendo la primavera la estación preferida por ser la más estable en la navegación por el Guadalquivir. También sabemos por prospecciones y por fuentes escritas (ya lo menciona el artículo), que el portus de Corduba estaría situado en las inmediaciones del Alcázar, pero encontramos otros puntos donde también tendrían sus propios portus, como son los alfares donde se fabrican las ánforas para almacenar el aceite (la famosa Dressel 20) y que tan bien atestigua los restos del Monte Testaccio (ese gran basurero de envases oleicos) en Roma.




















(Dcha: Ánfora dressel 20. Izq: Restos Monte Testaccio)


Uno de los portus más conocidos y que se puede visitar actualmente lo encontramos en la antigua Carbula, o para que nos entendamos, Almodóvar del Río, donde existía toda una concentración de dichos alfares que surtía a Roma de uno de sus bienes más preciados: el aceite, así como la plata de Sierra Morena a cambio de todo un elenco de productos manufacturados que llegaban de la capital del Imperio.


(Portus de Carbula. Almodóvar del Río)

Aunque parece que hay una afluencia menor (o eso nos quieren vender), lo que sí es cierto es que en las etapas islámicas siguió teniendo importancia el río. En los primeros momentos, durante época emiral (siglos VIII-IX), se tiene constancia de la presencia de maestros de ribera, que vivían en la margen izquierda del Guadalquivir ya que, por entonces, el tráfico naval también sería internacional, sobre todo en pleno Califato (ss. X-XI).

En estas etapas islámicas, cabe destacar además, la proliferación de almunias o casas de campo que a veces llegaron a ser verdaderos palacios y que tenían una doble función: la explotación agropecuaria y el recreo. En ellas se han llegado a atestiguar el uso del agua para fines meramente recreativos, desde estanques, canales decorativos y zonas de posible embarque al río, como en la excavación que se realizó cerca de las pistas del aeropuerto, donde se documentó una estructura aterrazada que descendía al cauce original del río y que apareció cubierta de limos debido, seguramente, a una riada similar a la que hubo en 2010 (pero en el siglo XI y posteriores) y que anegó la zona de la vega. Esta almunia tenía además una particularidad: estaba situada justo enfrente de Madinat al-Zahra, centro político, económico y administrativo del Califato cordobés, lo que no es de extrañar pensar que también, esta almunia, podía hacer las veces de embajada y recepción de la nueva ciudad palatina de Abd Al-Rahman III, con toda la opulencia que esto pueda significar.

En los anales del propio Abd Al-Rahman III menciona varias ocasiones la navegabilidad y el buen uso que hacían de la navegación fluvial en época califal, tanto para cuestiones de transporte de materiales como la madera para la construcción de nuevos edificios:

"Era éste [al-Qalafat] muy considerado por an-Nasir, que le confiaba asuntos importantes y lo mandó a Ahmad b[en] Muhammad b[en] Adhá a Jaén para hacer que acelerase el envío de madera que para sus edificios se cortaba (…), aprovechando la crecida del río para hacerla bajar..." 

Como por cuestiones bélicas, en un momento en que los vikingos arrasaban la Península, como en Sevilla (sí, arrasaron Sevilla. Dos veces), y por el temor de las incursiones internas a través del río se reforzaron las defensas:

"El miércoles, quedando 12 días de rayab (21 mayo 938), se pusieron en movimiento río abajo las naves construidas en la orilla cordobesa, hacia el mar de occidente, para combatir a la población, sublevada con el rebelde enemigo".

(Apuntar que esta cita es muy posterior a la invasión sevillana. Esta ayuda para combatir contra la población normanda por parte del califa, fue dada a la zona del Duero. Abd Al-Rahman II fue el que mandó a todo un ejército socorrer los saqueos llevados en Sevilla en la Batalla de Tablada).




Con la llegada de los cristianos, aun decayéndose la actividad fluvial, sabemos que ésta duró hasta el reinado de Enirque III, que embarcó desde Córdoba hacia Sevilla en 1402. En esta época, las relaciones comerciales entre Sevilla y Córdoba se hacían por el Guadalquivir, hasta el punto que los barqueros se quejaron al rey D. Pedro en 1360, porque los dueños de los molinos habían construido azudes o barreras para permitir que subiera el nivel del agua para el riego de las acequias y esto impedía el paso de los barcos.

Este monarca pidió que se dejase el paso de los buques, mandando al alcalde de Córdoba que fijase el espacio que tenía que existir para que éstas pasaran. El alcalde dio como regla para este espacio la anchura del arco de la Catedral, llamado Arco de las Bendiciones, que tenía una longitud de 28 pies y se determinó que la profundidad fuese de 6 pies. Este arco corresponde con la denominada ahora Puerta de las Palmas, y que antiguamente se llamaba de las bendiciones por el perdón que se concedía cuando se coronaba un nuevo rey (así que ya sabéis donde acudir a que os perdonen cuando coronen a Felipe VI).


(Puerta de las Palmas. Mezquita-Catedral de Córdoba)


La actividad fluvial se interrumpe casi por completo a raíz de las luchas de la Reconquista en la toma de Granada, por el temor a que los árabes usaran esta vía para hacer incursiones y saquear el interior. Ni siquiera con la toma de la ciudad en 1492, la actividad fluvial se restableció. Pero en 1528 se volvió a pensar en un proyecto a gran escala para devolver la navegación a Córdoba. Pero eso es otra historia, para el próximo blog...

(Continuará...)

martes, 10 de junio de 2014

LA CIUDAD Y EL RÍO. GRANDES PANORÁMICAS (II)

Retomando el post anterior, vemos que en Córdoba existía una actividad económica tan excelsa y convulsa que hace que la ciudad se articule y extienda hacia la ribera, no sólo por la importancia de la pesca (de la cual queda constancia en la lámina de barcazas y embarcaderos), si no también por la de los curtidos.



Pero, dejando el río, la verdadera importancia de la naturaleza de la obra de Wyngaerde es el reflejo de la trama urbana y de la muralla. Si nos fijamos en ésta, vemos que aparece mejor conservada en el sector occidental, ya que en su parte oriental empezarán en esta época a adosarse viviendas a su lienzo. La estructura urbana parece que se va configurando, posterior a la conquista cristiana, en ese urbanismo de adhesión de las nuevas edificaciones a la estructura muraria. Como describe Puchol Caballero, en sí "las murallas de la Medina estuvieron exentas hasta el siglo XIV (...). Lo mismo ocurría en el sector oriental en el que, junto a la elevada muralla divisoria entre la ciudad alta y la baja, se extendía un foso y un amplio terreno sin edificar hasta el siglo XIII, a partir del cual se adosan casas a la muralla, abriéndose calles que van desde la Cruz del Rastro hasta la Puerta del Rincón y que se conocen con los nombres de La Feria y Alfaros, respectivamente".

Este deterioro en el flanco oriental de la muralla lo podemos observar en el barrio de San Nicolás de la Ajerquía, viendo los restos de la muralla entre lo que son escombros y nuevas edificaciones.


Entre los restos de la muralla en este sector oriental se puede observar una serie de torres que la flanqueaban, como fueron la Torre de los Argotes, la de las Siete Menas (se aprecian los merlones tras el molino de Martos (13), la Torre de las Siete Esquinas (ya en Campo Madre de Dios), la Torre Cuadrada (una torre albarrana que se unía a la muralla a través de de arcos (12). Se puede apreciar también otra torre cuadrada a la altura del Campo de San Antón, que fue derribada en el XVIII, y la Torre de los Donceles en la Puerta de Andújar, en la Magdalena.



Ya en la zona occidental se puede ver como una doble cerca rodea los Alcázares Reales, también llamados de la Villa, donde la muralla tiene un mejor estado de conservación y aparece reforzada por torres cuadradas y albarranas que ejercían la función de vigía y que aún hoy podemos observar algunos restos en el paseo ajardinado que mira al río.


Como podemos ver, tiene mucha importancia el legado iconográfico de los primitivos Alcázares Reales, legado de Alfonso XI, que también sirvió como recinto carcelario. En el siglo XIX se destruirá una parte de ellos para la realización de la prolongación de la Ribera.

Al lado de la Mezquita se observa el primitivo Alcázar Califal, sobre el que se eleva el palacio del obispo del siglo XV y que desaparecería tras un incendio en el XVIII. Aún hoy se pueden observar las ventanas de tipo ojival en la fachada que da al Campo Santo de los Mártires.



La Mezquita aparece rodeada por su muro y sus contrafuertes, coronados por merlones escalonados (también llamados de tipo cordobés). En su centro se eleva el crucero de la Catedral cristiana, que en estos momentos está en obras bajo Hernán Ruiz el Joven y que gracias a este estado en obras, el artista pudo plasmar parte del alminar de Abderramán III, rematado por el chapitel del primitivo campanario cristiano.



Para no entrar en polémicas y para terminar, me gustaría dejaros otros edificios que aparecen reflejados en la obra de Van der Wyngaerde:

  •  La Ermita del antiguo hospital de San Sebastián (D), al lado del Palacio Episcopal (B)



  • Convento de Santa María de la Victoria (20), que fundara San Fernando con el nombre de Santa María de las Huertas y que fue demolido a finales del XIX.


  • En la Sierra nos sitúa los conventos de San Jerónimo (I)

Y Santo Domingo


  • San Nicolás de la Villa

  • Convento de Santa Clara, que se eleva sobre el perfil urbano

  • Antigua Iglesia de Santo Domingo, actual Archivo Histórico Provincial

  • Convento Dominico de San Pablo (Q), la torre de la Iglesia de Santa Marina (P) y el antiguo monasterio de San Pedro el Real, actual Iglesia de San Francisco (R)

  • San Agustín (S) y el antiguo hospital de La Consolación (T)

  • San Lorenzo (5), San Pedro (3) y las Recogidas (antiguo convento de Santa Inés (6)


  • Santiago (9), la Magdalena (4) y el Convento de Santa Cruz (8)


  • Ya en el extremo más oriental, el Convento de los Mártires, donde reposaron en un principio los restos del cronista cordobés Ambrosio de Morales.




En resumen, que todo este compendio de garabatos (con todos mis respetos) de Anton Van der Wyngaerde nos sirve para vislumbrar una orografía urbana y sobre todo arquitectónica muy compacta entre la que van a destacar las nuevas casas-palacio renacentistas y que son el reflejo de la actividad económica e industrial del momento, así como todo su esplendor.

BIBLIOGRAFÍA:

COSANO MOYANO, FRANCISCO: Iconografía de Córdoba (siglos XIII-XIX). Córdoba (1999), pp: 38-45.

LÓPEZ ONTIVEROS, ANTONIO: Evolución urbana de Córdoba y de los pueblos campiñeses. Córdoba, 1981, p.99

PUCHOL CABALLERO, MARIA DOLORES: Urbanismo del Renacimiento en la ciudad de Córdoba. Córdoba (1992), p.175






viernes, 6 de junio de 2014

LA CIUDAD Y EL RÍO. GRANDES PANORÁMICAS (I)

Lo bueno de hacer mudanzas y desempolvar viejos libros, es que te encuentras con algunos que hablan sobre curiosidades de la ciudad de Córdoba, y que tan bien viene para ampliar el blog de nuestra Herencia Cultural Cordobesa.

Pues bien, en uno de ellos se habla de Anton Van de Wyngaerde (también conocido como Antonio de las Viñas o Antonio de Burselas, mucho más fácil de recordar, dónde va a parar) y de uno de sus dibujos a plumilla donde dejó reflejado el perfil de la ciudad de Córdoba. Se trata de una panorámica y lo verdaderamente (acojonante) increíble, no es sólo que sea la primera panorámica de la que se tenga constancia, si no que aparecen numerosos elementos arquitectónicos, muchos de ellos desaparecidos o en su estado primitivo.







Es curioso que en las fechas en las que se dibuja a Córdoba, en torno a 1567, se puede apreciar el urbanismo y la topografía claramente islámica de la que es heredera la ciudad, pero también un incipiente Renacimiento en lo que serían las casas-palacio señoriales, típicas de la nobleza o de la burguesía de la ciudad, pudiendo observar en el dibujo unas construcciones con galería-mirador enmarcada en arcadas en su planta alta.



En este tipo de panorámicas siempre van a aparecer los mismos elementos: el puente, el río, la iglesia mayor, los alcázares o las murallas que protegen y separan los arrabales del resto de la ciudad, como clara muestra de ese urbanismo heredado de época islámica. López Ontiveros, por ejemplo, dijo de nuestra ciudad: "La Córdoba de los siglos XIII al XX  y la actual Córdoba antigua (...) ha heredado de la musulmana su trazado callejero, su fisonomía y su esencial estructura".

Lo que hizo Anton Van den... Antonio de las Viñas, es ofrecernos una visión monumental de la ciudad, sin dejar de reflejar la trama urbana, porque el artista es fundamentalmente un topógrafo y naturalista, y como tal está acostumbrado a dibujar los paisajes urbanos.

Sabemos que esta lámina fue un encargo por parte de Felipe II, entre otras muchas para recabar con todo un elenco de litografías de otras ciudades españolas, para decorar los muros interiores del Palacio del Pardo. En ella podemos observar la excepcional panorámica que dibujó de la Campiña, a la altura del Campo de la Verdad, tras las que se deja ver todo el tramado urbano, con un gran edificio en el centro y a donde se dirige nuestra vista: la gran Mezquita Aljama.

La ciudad que pinta en 1567 es una urbe con una gran población y a la que hay una intensa actividad económica basada en la labor de los paños, sedas, cueros, curtidos, etc., que le dan un importante dinamismo económico, además de distribuir a toda la población en diferentes barrios o collaciones dentro del perímetro urbano y que son las que aparecen en el primer término del dibujo, junto al río, que asume así también una vértebra económica de las actividades artesanales que se llevarían a cabo.

Bueno, pues como hemos dicho anteriormente, en primer término aparece el Campo de la Verdad, a extramuros, introduciéndonos una perspectiva urbana formada por caseríos y gentes realizando labores agrícolas.



En el centro de la panorámica podemos observar un gran edificio, que un autor posterior lo describe como Ubi Carnes Veduntur (donde la carne es vendida) y parece estar situado en el actual Colegio Rey Heredia. En el lado derecho y saliéndose ya de la estampa, podemos observar la Iglesia del Espíritu Santo, que en esos momentos no era parroquia.




La Calahorra aparece inconclusa, bien porque estaba en ruinas en esos años o bien porque el artista se tomó esa licencia pictórica para poder hacer ver al fondo la noria de la Albolafia.



También aparecen un grupo de personas jugando a la petanca, mientras que caballeros y labriegos van camino al puente, tan importante para la historia de la ciudad.



En el puente podemos observar cómo en el pretil del mismo estarían ubicados unos salientes a modo de mirador, que se eliminaron en torno a 1789. Hacia la mitad del recorrido encontramos el humilladero de los mártires San Acisclo y Santa Victoria, pero no la estatua del Custodio San Rafael, puesto que ésta no se colocó hasta 1651.


El puente, de origen romano pero reedificado en época de Hisam I, nos llevará a la entrada de la ciudad por la Puerta del Puente, que antiguamente se denominaba de La Estatua, por haber una colocada en ese lugar. Si observamos la Puerta del Puente, podemos observar la importancia iconográfica del mismo, ya que tiene un estilo totalmente islámico, coronada de almenas y con arco de entrada.



En los laterales de los lienzos de la puerta, se situaban los dos accesos que daban paso, al oeste, a la Albolafia, donde la podemos ver en plena plenitud arquitectónica, sin las mutiliaciones que sufrirá a partir del siglo XIX. Su función primitiva era la de subir el agua desde el río hasta los Alcázares, pero la reina Isabel la Católica, mandó inutilizar su rueda porque le molestaba el chirrido que producía (ya apuntaba maneras con su animadversión hacia el agua). 


Y ya que hablamos de agua, no podemos dejar de lado el elemento que da sentido a la ciudad: el río, ya que se trata de la arteria vital para el desarrollo económico de la ciudad. En él podemos observar los molinos harineros que serían reconvertidos más tarde en batanes (no menos de once) y que serían propiedad del Cabildo Eclesiástico (ay, que la lío parda) o estaba en manos de la nobleza y que eran arrendados para cedérselo a mercaderes y artesanos. 




(Continuará...)